martes, 6 de agosto de 2013

Cuando el desamor se acuesta en una cama

Recuerdo la última vez que lo vi.
Él estaba cansado, su rostro pálido y ojeroso mostraba que le faltaban horas de dormir y yo quizá estaba demasiado animada. Pero tenía que respetar su cansancio y sus ganas de cerrar los ojos y olvidarse del mundo, incluida yo misma. Pero noté, no sé como, ni tampoco quiero saberlo, que aquello no era un simple día malo o una semana demasiado ocupada. Había algo más. Pero no quise darle demasiadas vueltas al asunto, no ahora que por fin había llegado la noche. Pero a medida que iba transcurriendo la noche, mis miedos crecían, al igual que el cielo se tornaba cada vez más oscuro y espeso y conseguí oír gotas golpeando nuestra ventana con brusquedad. Era noche de tormenta. Sentí la necesidad de llorar. Era como un manto cristalino que cubría mis oscuros ojos. Y bajé la vista hacia él, que para mi sorpresa, me miraba fijamente y con intensidad y no pude reprimir una lágrima que descendió con extrema rapidez por mi mejilla. Era un nudo demasiado pesado el que sostenía mi estómago, no llegué a pensar el porqué hasta volver a mirar sus ojos, que se sentían apagados, ya no brillaban al mirar los míos. Comprendí que todo había acabado. El desamor llamó a la puerta de su corazón y me echó con fuerza. Comprendí el cansancio en sus ojos. Él había luchado por mantener nuestro amor en la cima pero ni siquiera su mente consiguió mantenerme junto a él. En cambio mi corazón, latía con fuerza, con desenfreno al hacerse a la idea de lo que ocurriría al amanecer, cuando la luz del sol descubriese nuestros rostros y diese por concluido nuestro cuento de dos. Sentí que mis piernas no respondían al intentar levantarme de la cama y alejarme lo máximo posible de aquel cuerpo que ya no sentía nada por mí. Tan sólo conseguí sentarme al borde de la cama con la mirada fija en el suelo, en la ropa que había tirada en él. Siempre tan desordenados y desastrosos los dos, con esa coordinación única para no ordenar nunca. Seguía lloviendo y mis ojos acompañaron el compás de las gotas, y se desataron en un río de lágrimas sin cesar. Noté su cuerpo aproximarse al mío y yo no fui capaz de negarme a su suave y tan doloroso tacto. Sus dedos recorrían con extremo cuidado mi hombro, bajando y subiendo de manera cruel, recordando cuando esas caricias tuvieron algún tipo de sentido. Pero ya carecían de ello y no pude hacerme a la idea de que tan solo me impregnaban de compasión y pena. Solté un suspiro y me dejé caer en la cama otra vez, acurrucada en su pecho, aferrándome a la idea de que tan sólo era confusión y él no era capaz de aclarármelo.
Pero incluso él sabía el porque de mis lágrimas, de mi destrozo en aquel momento así que mi cabeza no pudo más y se rindió al sueño, a la evasión de esa realidad abrumadora de haber descubierto que mi primer amor ya no me quería. Y se hizo la oscuridad en mi corazón.

A la mañana siguiente, desperté con un pesado dolor de cabeza. Sentí mi cara empapada, tiritaba de frío y tan sólo cubría mi cuerpo una sábana blanca. Las persianas estaban aun bajadas y me encontraba sola en la cama. Al notar esto último, me levanté de golpe. La desesperación me golpeó y me hizo correr al baño. Me miré al espejo y observé mi rostro sin alma, con las ojeras más marcadas que nunca. Toqué mi mejilla y estaba mojada aún. Miré a todos lados y salí del baño, en su busca. El salón estaba desierto. Mi mirada se clavó en la estantería de los discos y vinilos, esos que él les atribuía tanto valor. No estaban. Habían desaparecido todos. No quedaba rastro de ellos. Otra vez sentí esa terrible sensación de no sentir las piernas y caí al suelo de rodillas, con la mirada fija en la estantería ya vacía. Y otra vez las lágrimas salieron disparadas, esta vez sin timidez ninguna, salieron con toda su fuerza y comencé a gritar del dolor que sentía en mi corazón en aquel momento, eran llantos desesperados, era como si me estuviesen desgarrando por dentro. Y no sé cuánto tiempo habré permanecido allí en el suelo, solo recuerdo cuando caí de lado y hundí mi cabeza en mis rodillas, empequeñecida por el dolor. La vida me había abofeteado de sorpresa, sin aviso, sin piedad alguna. Comprendí en aquel momento aquello que muchos decían: "no es bueno dejar tu vida en manos de alguien". En aquel momento, no recordé con claridad quien me lo había dicho, ni siquiera lo intenté. Tan sólo maldije aquellas palabras con toda mi rabia y odio, callé a mi mente de un grito al escuchar un: "te lo dije, te lo dijimos".

Y sigo sin recordar cuánto tiempo estuve allí, pero al levantarme, todo se veía en blanco y negro. Tan sólo sé que no volví a saber nada más de él, desde aquella noche, cuando el desamor se acostó en mi cama.

3 comentarios: