Imagina que puedes vivir para siempre.
Imagina que te has enamorado de la persona equivocada. Imagina que
estás en el borde de un precipicio y ya no queda nadie a tu
alrededor que pueda detenerte antes de lanzarte al vacío. Imagina
que de un día al otro no vuelves a saber nunca más de esa persona
especial. Imagina que lo peor que podría pasarte, pasa.
¿Qué harías? ¿Escogerías lo que te
conviene? ¿Lo que debes? ¿Lo que te gustaría? Todo trae
consecuencias y nada es gris. O es blanco. O es negro. No hay término
medio. ¿Te arriesgarías? ¿Saltarías a ese precipicio cuando lo
ves todo perdido? ¿O seguirías con tu vida, esforzándote por sacar
adelante lo poco que te queda?
La vida, así como la vemos, lo tomamos
todo a la ligera, no apreciamos el valor de las cosas, nos creemos
los reyes de... ¿de qué? Como máximo de nuestra habitación. Somos
jóvenes, queremos comernos el mundo y lo único que hacemos es
comernos la cabeza. Llenamos nuestra cabeza de preguntas sin
respuestas y al final, al llegar la noche, nos vamos a la cama
frustrados, sin haber encontrado solución a esos “problemas” que
creemos tener. Que al fin y al cabo, sabemos perfectamente que
acabaremos riéndonos de las mismas razones por las que un día
lloramos retorciéndonos de tristeza en la cama y diremos: ¿cómo
pude ser tan idiota? Pero es inevitable, nos cuestionamos incluso el
porqué de cosas absurdas que ni siquiera tienen importancia, pero
podemos pasarnos un día completo abrumados pensando en aquello. Por
muy insignificante que parezca. Y habrá quien te dirá “pero cómo
puedes estar mal por eso”. Pero cada persona es un mundo, cada
persona tiene su propio punto de vista, su perspectiva, su manera de
ser.
Hace unos días, hablé largo y tendido con mi
madre sobre esto y me dijo:
Aquella tarde hablamos de todo,
lloramos juntas, me desahogué como pude y comprendí que la mejor
etapa de la vida es en la que vivo ahora, es la que un problema se
soluciona tan rápido como pestañear, que a esta edad, lo mejor que
podemos hacer es divertirnos. Desde aquel día, veo la vida un
poquito mejor, me río más, hablo más, sonrío más y no pienso
demasiado. Tengo mis bajones, todos los tenemos, nadie me garantizó
que me olvidaría de lo que me duele. Pero ya no sufro. Sólo vivo.
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