miércoles, 17 de junio de 2015

Quién... ¿qué?

No suelo ser una persona muy segura. Tampoco alguien con quien poder contar las 24 horas del día. Seguramente si me llamas a las cuatro de la tarde esté durmiendo u odiando el mundo. Pero si a las cuatro de la mañana tienes una urgencia sentimental no dudes que ahí estaré aunque me hayas despertado del mejor sueño de mi vida. Tampoco soy muy divertida. Si ves a alguien riéndose conmigo lo más probable es que sea por mi torpeza al hablar o por mis frases fuera de lugar. Y si me preguntas quién soy, tampoco sabré qué responderte. Quizás hace unas semanas cuando lo tenía todo bajo control sí te hubiese contestado con una serie larga de defectos y virtudes cada uno argumentado y ejemplificado. Pero hoy no. Hoy no sé muy bien quién soy. Desde hace un tiempo siento que pendo de un hilo. Un hilo tan fino que hasta una suave brisa puede cortar. Pero no con esto quiero decir que carezca de esencia. Sigue ahí… sólo que ahora está un poco difuminada. Ahora mis palabras están bajo el dominio de un corazón roto que me susurra “cuidado con lo que haces”. Porque ahora es mi corazón quien define lo que soy, lo que digo. Y pienso, claro que pienso, pero todo ha cambiado en mi cabeza. Ya no soy la que fui, ya no soy tan yo. Cuando pasas tiempo tirada en una cama llorando, muerta de miedo y de frío con el corazón desangrándose, lo único que te queda es cambiar lo que fuiste y renovar lo que eres. Decidir ser otra, darte cuenta de que lo que fuiste no te sirvió para más que para sufrir y hacer sufrir. Porque cuando alguien se retira de tu vida dejándote ir sin darte la oportunidad ni de arrepentirte ni rogar un poco más, lo único en lo que piensas es en tus errores y en lo poco que vales. Cada segundo de tu vida es así. Y vives bajo una nube de culpas que tanto tú como el resto sois conscientes de que son tuyas. Y ellos las marcan más. Ellos te dicen “tú fallaste, tú lo rompiste, es tuya esta culpa, toma”. Y una más. Y así. Y cada vez más grandes y pesadas. Y al final son ellas las que acondicionan tu forma de pensar y de sentir. Por eso al final acabas volviéndote loca entre las dos opciones: ¿dejo de sentir? ¿Sigo luchando? La balanza se ha estropeado y ahora sólo toca echarlo a suertes. Y esto os lo cuenta alguien que no cree en la suerte…

No hay comentarios:

Publicar un comentario